Es una locura! No tiene sentido

Por: Juan Carlos Padilla

Eso no puede ser!, ¡Es una locura!, ¿Cómo voy a creer eso?

Esas fueron las palabras con las que aquel hombre apeló a mis argumentos.

Al fin había terminado mi carrera universitaria y estaba empezando una nueva vida. Al llegar al lugar donde comenzaría a trabajar estuve buscando un cuarto, un departamento o algún lugar donde pudiera vivir.

Oré a Dios para encontrar el lugar apropiado y comencé a buscar en el periódico algunos cuartos y departamentos que quedaran cerca del lugar donde trabajaría y que, al mismo tiempo, se ajustaran a mi bajo presupuesto. Marqué varios números pero ninguno contestaba. A los cinco minutos de haber marcado el último recibí una llamada en mi teléfono celular. Era el dueño de uno de los departamentos a los que me había comunicado. Me dijo que si quería podía visitar la casa para ponernos de acuerdo.

Tomé un taxi y unos minutos más tarde estaba llegando a la dirección que me habían señalado. Al abrir la puerta me recibió un hombre de poco más de un metro cincuenta, un poco calvo y… con notorio exceso de peso (soy nutriólogo, por eso lo noté inmediatamente). Fue poco amable conmigo y comenzó a hacerme muchas preguntas. Me pidió una identificación para asegurarse que no mentía respecto a mi personalidad porque “uno ya no puede confiar en nadie” – me dijo.

Después de esto, me mostró el cuarto, mencionando lo que incluiría y el costo que tendría alojarme allí. Y fue cuando comenzamos a platicar.

Me contó que era arquitecto pero que ahora estaba estudiando medicina. Que los jóvenes que vivían ahí eran gente inteligente y que, si yo deseaba estar en ese lugar, debería serlo también.

Me preguntó por mis preferencias musicales, por mis gustos literarios, mi familia y por muchas otras cosas. Fue entonces cuando me preguntó qué hacía los fines de semana. Le dije que iba a la iglesia el sábado puesto que era Adventista del Séptimo Día.

– Sí, los conozco – dijo – son un montón de fanáticos que no tienen otra cosa qué hacer más que perder tiempo en ir a la iglesia y desperdiciar el tiempo en una mentira.

¿Mentira? ¿A qué se refiere? – pregunté

– ¿Cómo puedo creer todo lo que “ese libro” dice? Cualquier persona inteligente sabe que se requiere de un óvulo y un espermatozoide para que haya un embarazo. Sólo así puede nacer un hijo. Además, sólo hace falta leer la Biblia para darse cuenta que Dios solo está esperando que te equivoques para mandar un rayo y desaparecerte. – Respondió un tanto intranquilo y siguió mencionando otras cosas que sólo de recordarlas se me eriza la piel.

Yo soy cristiano desde que nací y no lo soy sólo porque mis padres lo hayan sido. Yo he leído, investigado y, realmente creo en Dios porque lo he podido experimentar en mi vida. Además no voy a la iglesia porque alguien me lo ordene, ni por costumbre. Simplemente voy porque tengo una cita con mi Creador – argumenté.

A partir de ahí comenzamos a hablar de religiones, de Dios y de su interpretación de lo que la Biblia describe. Todo milagro registrado en la Palabra de Dios que pudo citar le buscó razones para “hacerme entender” que era una locura.

Después de cerca de dos horas de hablar y comentar nuestros divergentes puntos de vista me dijo: -pues creo que no te va a interesar el cuarto y, de cualquier manera, agradezco tu tiempo -.

Yo también le agradecí la oportunidad de haber charlado unos momentos y me retiré de aquel lugar. Al salir, elevé una oración a Dios esperando que, algún día, este hombre tuviese la oportunidad de encontrarse con Aquel que dio Su vida para salvarlo.

A raíz de este encuentro me puse a pensar en todas esas situaciones que la Biblia refleja y que, aparentemente no tienen sentido. No son lógicas.

Aplicando el método científico, es físicamente imposible que el mar se abra con el solo hecho de que un hombre levante una vara y, no conforme con eso, un pueblo entero lo cruce en seco mientras son perseguidos por un ejército en caballos y carruajes. (Éxo. 14:21-22)

No es lógico que caiga una especie de hojuelas que, sinceramente, cuando era niño me imaginaba como avena o como el cereal “del gallito”. Imagina salir de tu casa y al ver el rocío matutino encontraras cereal sobre el suelo, lo recogieras, abrieras un bote de leche y tomaras un rico y nutritivo desayuno. Sencillamente no parece lógico, ¿Verdad? (Éxo. 15:13-16).

Comienza a pensar que uno de tus vecinos comienza a decirte que muy pronto va a venir un gran huracán que comenzará a inundar no sólo tu ciudad, sino todo el planeta (Gén 6-9). Miras las noticias y ves que no pronostican nada de eso. Lo más extraño es que nunca en tu vida has visto caer una sola gota de agua del cielo. Para colmo, el hombre te dice que tienes que entrar en una especie de barco que ha estado construyendo sólo con la ayuda de su familia para poder salvarte. Le avisas a tus papás y te dicen que no es nada. Tan solo una idea rara que se le ocurrió a un vecino loco pero que no tiene nada que ver con la realidad. Eso te tranquilizaría un poco y probablemente también pensarías que el hombre está loco.

Si todo esto no te parece extraño, quiero invitarte a imaginar que tu mejor amiga comienza a verse un poco mal y empieza a faltar a clases. No puedes creer que la mejor alumna del colegio, muchacha activa en la iglesia y sobre todo tan consagrada pueda estarse comportando de una forma tan rara. De pronto comienzan a circular rumores de que está embarazada. Sabes que está comprometida para casarse al finalizar el curso escolar con un hombre un poco mayor que ella. Es cierto que es viudo pero parece ser una buena persona y, sobre todo trata extraordinariamente a tu amiga. No puedes creer lo que la gente dice de ella y decides llamarle para saber qué está pasando. Después de mucho intentar, logras comunicarte con ella y te dice que es verdad, pero que nunca en su vida ha tenido nada que ver con un muchacho. Que su novio siempre la ha respetado, es un buen hombre y que nunca ha pasado nada entre ellos (Mt. 1:18-23). Que un ángel le habló y que le dijo que quedaría embarazada del Espíritu Santo. Probablemente, como es tu amiga, le dirías que le crees, pero en el fondo te preguntarías si te está diciendo la verdad.

Ciertamente, como cristianos, estamos muy acostumbrados a escuchar todas estas cosas. Las creemos porque desde niños nos han enseñado que esto fue real. Sin embargo, hay gente que considera que, científicamente, todos estos sucesos y muchos otros no tienen sentido. No son creíbles. No son lógicos. No pudieron ser reales.

Para estas personas es una locura lo que la Biblia dice y consideran que estos sucesos son producto de la imaginación de sus autores. Pero hay dos factores importantes que me gustaría compartir contigo en este momento:

  1. Las cosas espirituales se disciernen espiritualmente (1ª Cor. 2:14). Las personas que consideran que los relatos Bíblicos son producto de una imaginación portentosa, están viendo estas historias desde una tribuna equivocada. Cada uno de los milagros realizados por Dios tienen la finalidad de proteger a sus hijos. De mostrar a Su pueblo cuánto los ama y lo que sería capaz de hacer para que ellos se den cuenta de su misericordia. Muchos de nosotros vemos la Biblia a la luz de nuestras vivencias y de nuestros problemas cuando deberíamos ver nuestros problemas a la luz de lo que la Biblia enseña. Deberíamos orar a Dios para que el Espíritu Santo, quien inspiró a los autores Bíblicos nos hable a nosotros y nos ayude a entender lo que Dios quiere enseñarnos. Si no lo hacemos, los relatos Bíblicos no serán más que historias increíbles.
  2. No hay nada imposible para Dios (Lc. 1:37). Dios no es como nosotros. Aun cuando la Biblia dice que Jesús tomó nuestra forma y se humilló a sí mismo (Fil. 2:7-8), no hay nada que Él no pueda resolver ni nada que Él no sepa, ni nada que se le dificulte. Nosotros en ocasiones vemos a Dios sencillamente como nuestro proveedor. Aquel que nos “surte” los productos necesarios para el “negocio” de nuestra vida pero que no se mete en él. Si tan solo permitiéramos que Dios dirigiera cada una de las cosas que hacemos en la escuela, en el trabajo, en nuestras relaciones con los amigos, con la familia, con el novio o la novia; si tan solo dejáramos el timón de nuestra vida a Dios, veríamos cosas maravillosas e increíbles que en este momento no podemos imaginar. Dios trasciende todo lo que podemos hacer y/o decir por nosotros mismos. Es diferente a nosotros y actúa de manera distinta a la nuestra, pero no hay algo imposible para Él. Sólo debemos permitir que tome el control de nuestra vida.

Días después de mi encuentro con el hombre del departamento, recibí una llamada a mi teléfono celular. Para mi sorpresa era el mismo hombre que me había echado de su casa por creer en cosas que no tienen sentido. Ahora estaba invitándome a comer para poder continuar con la plática que, según él, dejamos pendiente aquella tarde. Realmente tampoco era lógico, ni creíble, que este hombre me estuviera llamando.

Hay cosas que exceden nuestro conocimiento. Que no podemos explicar y que, incluso, parecen fuera de este mundo. Permitamos que nuestra vida esté siempre en las manos de Aquel que empezó la buena obra en nosotros (Fil. 1:6) y podremos ver muchos milagros más que físicamente no tienen sentido, que no tienen lógica pero que, espiritualmente, nos hablan del amor infinito de Dios.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: